Mario Levrero

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Su nombre real era Jorge Mario Varlotta Levrero y desde su muerte, en 2004, sus lectores se multiplicaron. Obras críticas y el rescate de los más increíbles papeles privados son testimonio de un fanatismo en aumento. Vivió últimos sus años en un departamento con vista a la Plaza Independencia, donde realizaba sus talleres, y donde fue “abducido” por la computadora.

Escritor de culto, en los últimos años se ha convertido en maestro y referente imprescindible para gran parte de la mejor literatura latinoamericana actual. La escritura de Levrero, articulada entre el humor y el desasosiego, se concreta en una prosa limpia, fondeada en lo psicológico, que ha sido definida como realismo introspectivo. Autor de una extensa obra literaria que abarca artículos periodísticos (algunos de sus mejores artículos se encuentran en Irrupciones I e Irrupciones II), cuento, novela y ensayo. Levrero odiaba las entrevistas y los prólogos. Se interesaba por la autohipnosis, creía en los fenómenos telepáticos, leía sobre zen, era adicto a las computadoras, le encantaba la ciencia, odiaba que lo tratasen de usted, no soportaba la solemnidad en general, engullía novelas policiales incluso para desayunar. Era amante del cine.

Un estilo y una imaginación como los de Levrero son raros en la literatura escrita en español. Antonio Muñoz Molina

Mario Levrero es un genio. Enrique Fogwill

Levrero es el reverso corriente de Kafka, una sombra manoseada de Camus en clave cómica. Babelia, El País

Mario Levrero es para las letras latinoamericanas el gran descubrimiento de este siglo. Revista Eñe, diario Clarín

Se podría arriesgar que el nombre de Levrero compone hoy, junto al de Fogwill y al de Roberto Bolaño, una suerte de canon involuntario latinoamericano de comienzos de siglo. Maximiliano Tomas

(…) Su lectura nos introduce en una experiencia del orden de lo irreversible, salimos de la lectura y encontramos otra realidad, por el simple hecho de que algo en nosotros ha cambiado, de que nuestra mirada ya no es la misma. Germán Beloso, Arcadia

Todos somos hijos suyos. Álvaro Enrique

El hombre que jamás murió. Germán Beloso, Arcadia

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MARIO LEVRERO

Por ELVIO E. GANDOLFO

Su nombre real era Jorge Mario Varlotta Levrero y desde su muerte, en 2004, sus lectores se multiplicaron. Obras críticas y el rescate de los más increíbles papeles privados son testimonio de un fanatismo en aumento. Vivió últimos sus años en un departamento con vista a la Plaza Independencia, donde realizaba sus talleres, y donde fue “abducido” por la computadora.

Lo de Levrero parece una plaga, o, para ser más contemporáneo, un virus. En pocos meses apareció en Montevideo, ciudad poco afecta hasta hoy a analizarlo, el libro de un español con un jugoso bosquejo biográfico y una visión crítica académica de su obra, además de diversas reediciones y recombinaciones de relatos. En Buenos Aires acaban de aparecer la reedición de un texto póstumo fundamental, una recopilación de notas de distintas épocas sobre su obra, la reedición de una larga charla por mail (tipo taller de narrativa), un número entero de una revista “online”. Se anuncian además reediciones de libros agotados, (sus columnas periodísticas), nuevas recopilaciones de notas sobre él, o el proyecto de reunir su obra humorística y periodística. Incluso reproducciones de las anotaciones manuscritas del horario en que fumaba sus cigarrillos, depositadas en su archivo documental. Como se ve, es algo que roza ya el cholulismo o la mitomanía.

Su nombre, Mario Levrero, se menciona como su seudónimo, aunque lo es a medias. Normalmente lo trataban como Jorge Varlotta. El seudónimo está compuesto por su segundo nombre y su segundo apellido. El padre, Mario Julio Varlotta, trabajaba en la gran tienda London París de Montevideo, y como hablante fluido de inglés obtuvo un sueldo mejor en la atención de las visitas extranjeras. La madre, Nilda Renée Levrero, lo sobreprotegió en la infancia, so pretexto de un soplo al corazón: durante un período no asistió a la escuela. Tuvo una infancia bastante feliz en el barrio ferroviario de Peñarol, en Montevideo. Más tarde se mudaron a un departamento céntrico de Soriano 936, base del grupo de amigos que circuló desde fines de los ’60 hasta 1985, en que se trasladó a Buenos Aires. La sombra paterna censora y rígida, y la materna que consentía sus caprichos, chocaban a menudo. La muerte de cada uno de los dos (primero el padre, mucho después la madre) sumergió a Levrero en el dolor, en el primer caso con sorpresa.

La familia acudía en las vacaciones al famoso balneario de Piriápolis. Allí conoció a una figura clave, el “Tola” Invernizzi, pintor de cuadros enormes, agitador cultural y político, figura de gran carisma, casi un gigante él mismo. El Tola leyó las primeras páginas de “La ciudad”, novela en la que Levrero se había concentrado después de algunos relatos. Escrita en pocos días, y corregida a lo largo de tres años, estaba ambientada en la ruta y en un pueblo minúsculo pero con estación de servicio gigantesca. Llamó la atención de un joven Marcial Souto, que logró incluirla en 1970, junto con su primer libro de cuentos, “La máquina de pensar en Gladys”, en una colección de “literatura diferente”. Mudados los padres a Piriápolis, el hijo, ya decidido por la escritura, el humor, la fotografía y otras tareas creativas, les trasladó la librería de libros usados que tenía en Montevideo. Sus viajes a Piriápolis fueron constantes en los años siguientes. Con una mujer del balneario tuvo a su hija Carla.

A lo largo del tiempo se desarrollaron una serie de lugares comunes sobre Levrero. Que viajaba poco, por ejemplo. Sin embargo cuando lo necesitaba se movía. Residió algunos meses en Rosario en 1969. En Montevideo había comenzado a publicar relatos en la revista literaria “Los huevos del Plata”. También la revista “Maldoror”, de la Alianza Francesa, lo cobijó en sus páginas. En una reunión de la Alianza conoció a Marie France, francesa (valga la redundancia) y con una hija, que estaba por regresar a Burdeos. Se enamoraron con rapidez, y se fueron juntos. La decisión dejó atónitos a los amigos, que lo creían incapaz de subirse a un avión. Se quedó pocos meses, pero conoció la ciudad de su gran novela fantástica, antes solo imaginada: “París” (escrita en 1972).

Cuando lo que hacía era creativo podía ser incansable, apasionado, riguroso, pero Levrero odiaba el trabajo pautado, con horario. Se casó dos veces, la primera en la adolescencia. Con la segunda esposa tuvo a su hijo Nicolás, psicólogo, que hoy vive en Buenos Aires. Dejó de odiar el trabajo “normal” a los 45 años, cuando un 5 de marzo de 1985 cruzó el río para trabajar en una editorial de crucigramas y acertijos de la que era socio su viejo amigo Jaime Poniachik. Poco antes había sufrido una operación de vesícula: para él fue una experiencia de muerte. Llegó a dirigir con eficacia dos revistas.

Buenos Aires había sido a principios de esa década un nuevo avatar de su difusión. Se había editado en 1975 un folletín, “Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo”: parodia desopilante, el texto daba por momentos claves tan personales como sus diarios posteriores. “El lugar” apareció entero en el sexto número de la revista “El Péndulo”, del incansable Marcial Souto. Fue esencial la participación de Ediciones de la Urraca (difusora de la célebre revista “Humor”), que también editó su “Manual de parapsicología”, uno de sus intereses laterales junto con los fractales, el I Ching, Jung, el hipnotismo del arte.

También lo interesaban la novela policial, el erotismo y la pornografía, como lo testimonian abundantes pasajes de su obra, y sus apuntes sobre el porno bajado de Internet, en “La novela luminosa”. En literatura siempre reconoció la abierta influencia de Franz Kafka y Le Lewis Carroll, y más tarde Raymond Chandler. La lib librería le permitió ampliar mucho las lecturas: en sus primeros reportajes solía opinar sobre autor tores latinoamericanos (García Márquez, Vargas Llo Llosa, Cortázar). Aprovechó el postoperatorio de la operación de vesícula para ponerse al día con Do Dostoievski, Chéjov, Beckett. Buenos Aires lo deslumbró: quedó fascinado por ob obtener un ingreso fijo, comprarse ropa, alquilar un departamento, o construir de a poco “una biblioteca que me representara” en las librerías de saldo de Corrientes. Con más de un año y medio de residente, decidió volver a Uruguay y recorrer varias localidades, empezando por Montevideo. Pero pegó la vuelta en Colonia: extrañaba su zona (Corrientes desde Callao al Obelisco), el olor de los subtes, la agitación de las calles.

Sin embargo, un año después no veía la hora de volver a Uruguay. Pensaba que la gran ciudad le devoraba el espíritu con su fascinación múltiple. Describió el proceso en “Diario de un canalla”, comienzo de un tono nuevo en su obra. Se había enamorado de una vieja conocida, la psiquiatra Alicia Hoppe. Con ella regresó a la cercana Colonia, donde ella tenía consulta, y donde vivía con su hijo Juan Ignacio. Fue la etapa donde tuvo una familia propia. Pronto hubo a su alrededor un nutrido grupo de amigos, como reunía espontáneamente en cada sitio donde estuvo. “El discurso vacío”, para muchos su obra maestra, cuenta estos años.

En Colonia hay rastros concretos de su paso. Como el caserón que compró con Alicia cerca del desembarcadero de Buquebus. Allí funciona hoy un “hotel boutique”, de nombre ingenioso: Le Vrero. Como pasó con Buenos Aires, pronto se hartó del ambiente local, a pesar de los talleres de literatura, las colaboraciones en “El País Cultural”, o las visitas continuas de diversos países que acudían a verlo, o volver a verlo. Entre ellos estaba Eduardo Abel Giménez, escritor y músico, conocido en la empresa de juegos. O el músico, narrador y dramaturgo Leo Maslíah, viejo amigo con quien colaboraron en varios temas, notas y proyectos.

Regresó por última vez a Montevideo, y un tiempo después la pareja entró en crisis, por el vínculo con una joven escultora, y luego con una escritora mexicana. Vivió sus últimos años en un departamento con vista a la Plaza Independencia, donde realizaba sus talleres, y donde fue “abducido” por la computadora. Ganó la Beca Guggenheim, y con ella escribió “La novela luminosa”, título de un viejo relato inconcluso que así quedó, como un pedúnculo de su macizo “diario de la beca”. Murió en agosto de 2004, de un aneurisma de aorta. Poco antes había publicado los cuentos de “Los carros de fuego”, y escrito “Burdeos, 1972”, que acaba de editarse. En el féretro se lo veía, digamos, sereno, con la satisfacción de las cosas hechas.